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El rey y la dama en la calle: Cuba popularizó el ajedrez

El prestigioso juego de mesa atraviesa como alfil la historia de esta isla socialista de 11,3 millones de habitantes.

¿Y hoy, mamá: baile o ajedrez? A los cuatro años, Ana Paula apenas distingue los números, aún no sabe leer ni es considerada un prodigio, pero ya está en clase frente al tablero y las piezas en un modesto salón de La Habana. 

Ana Paula Aguiar está en uno de los pocos países del mundo, y quizá el único en América Latina, donde se masificó el ajedrez.

A la par con la campaña que universalizó la escuela y la educación gratuitas, la Revolución cubana introdujo el juego ciencia en la cotidianidad. Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara se inmortalizaron en fotos que los muestran en uniforme militar frente al tablero.

Aquí el rey y la dama son los más populares después del baloncesto, el béisbol, el fútbol y el atletismo, según se desprende de las estadísticas oficiales por competiciones escolares y juveniles de 2014.

«En las tardes, después del círculo infantil (guardería), mi hija Ana Paula pregunta si le toca baile o ajedrez. Eso me hace sentir muy orgullosa», dice Mónica Barroso, una socióloga de 30 años.

El prestigioso juego de mesa, en el que también se escenificó la Guerra Fría en memorables duelos como el del soviético Boris Spassky con el estadounidense Bobby Fischer, atraviesa como alfil la historia de esta isla socialista de 11,3 millones de habitantes.

El ajedrez fue asignatura obligatoria en la escuela desde los ochenta hasta 2013. Hoy es opcional, pero se juega con igual destreza en los clubes o en los bajos de los edificios derruidos.

Ni la estrechez económica (el ingreso promedio ronda los 29 dólares), que convierte en lujo un tablero y el reloj de doble esfera, disuade su práctica.

Al ceder el día, en el centro de La Habana, hombres en camisa sin mangas mueven frenéticamente las piezas sobre una lona descolorida. Abstraídos del rumor de las calles, juegan blitz, partidas a contrarreloj de máximo cinco minutos.

«No se permite beber, ni hacer escándalos, ni las apuestas», afirma Rolando Ramos. Como con el balón, en el fútbol callejero, el dueño del tablero y el reloj impone las reglas.

Este exprofesor de matemáticas y pintor de cuadros, de 61 años, juega hasta cinco horas diarias, de lunes a viernes. Solo a él le está permitido «el exabrupto»: estallar en cólera por la derrota.

Cazatalentos

Incluso el ajedrez tiene su espacio en la televisión que controla el Estado. Sí, en Cuba, desde hace 13 años, se pueden seguir clases del juego ciencia o conocer su historia a través de la pantalla. También, por menos de un centavo de dólar, se venden folletos especializados en blanco y negro.

Danilo Buela, directivo del Instituto Superior Latinoamericano de Ajedrez (ISLA), donde Ana Paula aprende a mover las fichas antes que a leer, imparte cursos televisados.

«Cuba ha formado 43 Grandes Maestros (nueve de ellos mujeres, ndlr). Hay países que tienen más maestros, pero no tienen 11 millones de habitantes», señala orgulloso Buela.

Creado en 1992 por el Estado cubano, el ISLA imparte lecciones gratuitas para cubanos, organiza torneos y «exporta» entrenadores para su enseñanza a países como Venezuela.

Leinier Domínguez está en el puesto 17 del escalafón de la FIDE, la Federación Internacional de Ajedrez. Único latinoamericano clasificado entre los 100 primeros, Domínguez, de 33 años, es el mejor ajedrecista cubano después del legendario José Raúl Capablanca, campeón mundial entre 1921 y 1927.

Domínguez, en una conversación con la AFP, recuerda que aprendió a jugar en la escuela adonde llegaban los profesores cazatalentos.

«Eso siempre ha sido ventajoso en Cuba con respecto a otros países: el programa de masificación que llevó el ajedrez a todos (…) Te das cuenta que en la calle la gente conoce mucho de ajedrez», señala.

En el paseo del Prado, donde hace unos meses Chanel exhibió su glamur en el primer desfile que organizó la casa francesa de modas en Latinoamérica, hombres en overol de trabajo extienden la lona ajedrezada para el duelo diario bajo la vigilancia intermitente de la policía.

Todos hablan con propiedad de jugadas y de grandes maestros. Cuando no se baten frente al tablero con los más viejos, los niños asoman entre los curiosos. Hay una peña aquí, otra allá, separadas por pocos metros.

«Aquí se masificó el deporte, y se prohibieron los juegos de azar, pero ya no hay los salones ni las academias de antes para practicar», se queja Moisés Noa, un electricista de 60 años que maneja un bicitaxi.

En el ISLA, Ana Paula recibe junto a su madre la instrucción firme del profesor antes de volver a casa. «Hay que practicar con la niña el movimiento del caballo».

Fuente: paginasiete

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